30 noviembre, 2022

I Domingo de Cuaresma Ciclo “C”

 

Dt 26, 4-10

Sal 90

Rm 10, 8-13

Lc 4, 1-13

 

 

El miércoles pasado, con el signo penitencial de la imposición de ceniza, comenzábamos con el tiempo de la Cuaresma, un tiempo propicio de renovación espiritual que nos prepara para la celebración anual de la Pascua del Señor. Pero ¿qué significa entrar en este itinerario cuaresmal? Esto lo viene a responder Lucas en el Evangelio que hoy hemos escuchado en las tentaciones de Jesús en el desierto.

 

El evangelista nos cuenta que, una vez recibido el bautismo, “lleno del Espíritu Santo”, Jesús fue llevado al desierto durante cuarenta días. Con este gesto nos queda en claro que, las tentaciones, no fueron contratiempos, sino una consecuencia a la opción de Jesús de seguir aquella misión que el Padre le había encomendado: confiar plenamente en Él.

 

Es cierto, Cristo vino al mundo para liberarnos del pecado, pero no lo hizo por la fuerza, imponiéndose a nuestra realidad, sino que Él mismo nos ha ganado por medio de su victoria sobre el pecado, por su lucha personal contra el Tentador. Y este ejemplo es para todos: el mundo mejorará cuando comencemos a trabajar en nosotros mismos, cambiando, por la gracia de Dios, lo que no está bien en nuestra propia vida.

 

Ante aquellas tentaciones del maligno, Jesús antepone a los criterios humanos el único criterio auténtico: la obediencia, el estar sujeto a la voluntad del Dios, lo cual es el fundamento de nuestro ser. Esta es la enseñanza del Maestro: si llevamos en la mente y el corazón la Palabra de Dios, si le permitimos entrar en nuestra vida, si nos abandonamos plenamente en el Señor, si ponemos nuestra confianza en Él, podremos rechazar todo tipo de engaños por parte del Tentador.

 

Tenemos mucho que aprender de Jesús, el Hijo obediente del Padre, el nuevo Adán, el cual, a diferencia del primero, no se dejó arrebatar por las seducciones del mal, sino que se abandonó completamente a su Padre, poniendo en Él toda su confianza.

 

Este tiempo de cuaresma que estamos viviendo es una oportunidad para volver a Dios, para entrar en nosotros mismos y aprender a escuchar la voz del Padre y así poder vencer las tentaciones del maligno y encontrarle el verdadero sentido a nuestra vida. Al igual que le sucedió a Jesús, podemos decir que es un tiempo de luchas, un tiempo de combate espiritual que hemos de librar sin orgullo, ni presunción, sino más bien empleando las armas de la fe, las cuales son: la oración, la escucha atenta de la Palabra de Dios, la penitencia, la caridad, etc. Solo así podremos llegar verdaderamente a celebrar la Pascua de Jesús, dispuestos a renovar nuestras promesas bautismales y rectificando nuestra vida por el camino que Dios quiere para nosotros.

 

Guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, vivamos con alegría y con mucho esmero, este tiempo de gracia. Que ese mismo Espíritu nos sostenga en nuestras luchas diarias y nos conceda salir vencedores ante todas aquellas seducciones del maligno.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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