2 octubre, 2022

 Miércoles de la segunda semana de Pascua 

Hch 5, 17-26

Sal 33

Jn 3, 16-21



    En muchas ocasiones hemos visto injusticias en nuestra vida. La Sagrada Escritura no muestra varios escenarios de esta índole: viene a mi cabeza los Apóstoles que han sido encarcelados por predicar la Resurrección del Señor; la lapidación de San Esteban; el mismo juicio hecho a Jesucristo. En todos esos ejemplos nos percatamos de algo común: la Palabra de Dios no puede ser aprisionada, es libre. 


    Hoy en día, nos da temor de predicar esa Palabra: dudamos de mostrar nuestras creencias, caemos en la comodidad de no hacer nada. Esa será nuestra causa de condenación: “porque habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas”. Debemos de darnos cuenta de que Dios nos ha salvado por medio de su Hijo muy amado y nos pide que vayamos a predicar-enseñar todo lo referente a este nuevo estilo de vida.


    Créeme: cuando Dios quiere algo, toda oposición humana resulta inútil, puesto que Él logra siempre su objetivo. Entonces ¿quién puede resistirse de Dios? No se puede, ya que su amor es tan grande y verdadero que nos lleva a dejarnos seducir por Él: “¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir”! (Jr 20, 7). Ante tal propuesta de amor nos resulta inevitable corresponderlo. Nos encontramos entonces frente a una elección fundamental: aceptar o rechazar el Amor del Padre.


    Dios ama a todos por igual y jamás deja abandonado, puesto que busca caminos para encontrarse con cada uno de nosotros. Lo único que Dios quiere hacer es amar, puesto que Él mismo es Amor, por eso, “envió a su Hijo no para condenar, sino para salvar”, para que ellos experimentaran su amor por medio de la salvación. Abrámonos a aceptar a Jesús en nuestra vida, dejando sitio a su amor que lo trasciende todo y así podamos poseer la vida eterna.

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

Nuevos