24 septiembre, 2022

 Martes II Tiempo de Adviento 

Is 40, 1-11
Sal 95
Mt 18, 12-14

En la lectura de Isaías: Una voz llama al profeta para consolar al afligido, como adelanto de un Dios que perdona a través de su palabra y que va al encuentro de los desterrados, que allana lo escabroso; una palabra que permanece siempre; es una palabra que crea allí donde sólo hay destrucción.

El destierro es una forma de arrancar de raíz a todo un pueblo de sus valores, de su cultura, una forma deshumanizada de arrancar de raíz toda acción divina-creadora. Actualmente podemos pensar en los refugiados que ha generado la guerra y el terrorismo actual.

Quién reconstruirá esos pueblos, sólo la memoria de quienes superen tales realidades, y con la fuerza de Dios vuelvan a reestructurar sus vidas con un aliento de esperanza. Llevarles el consuelo de Dios es una acción profética tan actual que hace falta mucho coraje para permanecer de pie y con respeto admirar su aguante y su coraje. Muchas colinas han de subir, muchos terrenos escabrosos tendrán que superar, la palabra de consuelo entre ellos será una palabra que permanecerá siempre, y será una palabra recreacional.

Pero no sólo habrá que reconstruir casas y personas, la acción profética del consuelo tendrá que llegar para una reconciliación posible con las familias enfrentadas en una guerra tan cruel.

En el Evangelio para Jesús, en el Reino de los cielos, todos son importantes, sobre todo aquel que se pierde focaliza más la atención de Dios Padre. Nadie es prescindible para Dios.

Dios no es como nosotros que mientras servimos para algo, una misión, un compromiso, un interés estamos en el candelero, pero cuando no cumplimos con los cánones establecidos por la sociedad ya sobramos, somos desplazados, abandonados a la suerte de Dios. Lo hacemos con los ancianos, con los débiles, con los enfermos, si no cumplimos unos cánones de productividad la condena de la inutilidad está servida.

Por eso la parábola de la oveja perdida está aún vigente en nuestros días. Dios va en busca de quien se ha perdido por el camino de la irracionalidad deshumanizada y desagradecida. Las comunidades cristianas y religiosas pueden ser ese ámbito profético donde la parábola de la oveja perdida se cumpla, siendo testimonio de acogida y atención de esas personas, porque son nuestra memoria cristiana y testimonial de nuestra fe.

Fray Alexis González de León

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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