9 diciembre, 2023

Martes de la  XXXIV semana Tiempo Ordinario

Dn 2, 31-45
Dn 3
Lc 21, 5-11

Cuánta sabiduría Dios le ha otorgado a Daniel, la cual es superior a cualquier hombre de su tiempo, puesto que ellos fueron incapaces de interpretar el sueño que tuvo Nabucodonosor, en cambio él le ha dado una verdadera interpretación.

Aunque el mismo Daniel ha dado la auténtica interpretación del sueño –que habrá cuatro imperios sucesivos, los cuales serán destruidos– hemos de quedarnos con la parte final, donde “Dios hará surgir un reino que jamás será destruido, ni dominado por ninguna otra nación… y durará para siempre”.

Esta reflexión la podemos enfocar a nuestra propia existencia. Una de las realidades que no podemos pasar por alto es que nuestra vida es finita, que tiene un principio y llegará a su final. Ahora bien, aunque esto es verdad, también sabemos que es una antesala a la vida definitiva que viviremos eternamente en el cielo.

De hecho, no solamente nuestra vida es efímera, sino que todo va a pasar. Bien lo advirtió Jesús en el Evangelio que hoy hemos meditado: “Días vendrán en que no quedará piedras sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

¿Cuántos imperios se han ido cayendo con el pasar de los tiempos porque tenían pies de barro? ¿Cuántas ideologías se han apagado por estar fundamentadas en caprichos humanos? ¿Cuántas cosas se han extinguido y nos han mostrado lo caduco que es nuestra existencia? Todo esto nos debe de llevar a ser más humildes, a no podemos nuestra confianza en los ídolos.

Las lecturas de este día nos enseñan todo lo relativo que puede ser todo lo bello que se encuentra en el mundo. Todo pasa. Las cosas que son, un día no serán; lo que ahora admiramos, llegará un día en que no quede rastro de ello; todo lo que hoy contemplamos, tendrá un final.

Lo único que permanecerá al final es Dios. Él es lo único que no cambia, que no muta, que no se transforma. Nos lo comparte la carta a los Hebreos: “Dios es el mismo de ayer, de hoy y de siempre” (cfr. Hb 13, 3). ¿Por qué, entonces, nos preocupamos por todo aquello que es pasajero? Más bien, deberíamos de centrar nuestra atención en aquello que es eterno, en lo que ha de permanecer para siempre.

Todo esto nos debe de llevar a ser más humildes, a no podemos nuestra confianza en los ídolos, como nos lo dice el Salmo 146: “No confíes en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar. Exhalan el espíritu y vuelven al polvo: ese día perecen sus planes”. Lo mismo habría que decir de nosotros, que tenemos pies de barro y somos frágiles. No podemos seguir confiando únicamente en nuestras propias fuerzas.

Por esa razón, Jesús nos pide que estemos preparados. En muchas de sus enseñanzas, se nos invita a estar alerta para cuando Él regrese. Está claro que lo que nos pide Dios es seguir e imitar a su Hijo muy amado, el cual es el verdadero camino que nos llevará a vivir auténticamente. Confiemos en ese Reino del que Cristo nos hablaba el domingo pasado. Todo es caduco, menos Dios. Y tú ¿con qué te quieres quedar: con lo que se acaba o con lo que dura para siempre?

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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