2 octubre, 2022

 V Domingo de Cuaresma Ciclo “C”

Is 43, 16-21

Sal 125

Flp 3, 8-14

Jn 8, 1-11

    Por todos es bien sabido que, después del cautivador encuentro que tuvimos con Él, Cristo es todo en nuestra vida, ya que nos convenció quién era, el gran amor que tiene para con nosotros, del poder de sus palabras, etc. Ante todo esto nos resulta imposible no caer rendidos a su invitación y responder: “Te seguiré a donde quiera que vayas” (cfr. Lc 9, 57). Hemos recibido mucho más de lo que podíamos entregar. Podemos decir que verdaderamente encontramos un tesoro.

    Cada uno de nosotros podemos exponer cómo fue ese encuentro con el Amado. El mismo Pablo nos lo ha dejado muy claro en la segunda lectura: “Todo lo que era valioso para mí, lo consideré sin valor a causa de Cristo. Más aún pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor”. Incluso podemos hacer nuestras las palabras del Señor dichas en la primera lectura: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan?”. Por supuesto que sí; los cristianos hemos notado la gran novedad que Dios nos ofrece en su Hijo muy Amado.

    Hay de miradas a miradas: hay “miradas que matan”, ya que expresan agresividad y odio, buscando la destrucción de la persona que observan; hay “miradas indiferentes”, que no dicen absolutamente nada; hay “miradas que curan”, que buscan ayudar a la persona, que se hacen empáticos con el otro; hay “miradas de amor” que lo dicen todo, que lo perdonan todo, que lo entregan todo.

    Pues en el Evangelio contemplamos dos tipos de miradas: las que matan, por parte de los fariseos. Aquellos que observan a la mujer adultera con deprecio, de rechazo. Una mirada que los ha cegado por completo, pasando por alto que también ellos son pecadores. Pero también está la mirada de Jesús, el que ama y perdona. Esa mirada que es capaz de ver mas allá de la situación, de lo exterior. Es una mirada que llega a lo más profundo de la persona humana, aquella que alcanza a contemplar el dolor de una mujer que esta dolida, arrepentida por su obrar. Bien lo decía el Papa Benedicto XVI: “Jesús tiene un corazón que ve con amor”.

    Y es que la mirada de Jesús siempre busca amar. En cambio, la mirada de los fariseos solo busca castigar, condenar al otro. Recordemos que Dios no “quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva” (Ez 33, 11); Él desea restaurar la dignidad que ha perdido la persona; quiere restituir todo aquello que ha perdido esa mujer.

    En esta mujer todos los podemos visualizar: todos seres humanos, y en ocasiones fallamos. Todos hemos caído en pecado; en más de una ocasión hemos ido en contra de nuestra propia conciencia. Al reconocernos débiles y pecadores, jamás nos sentiremos más que los demás (como los fariseos, que creían que eran mejores que esa mujer), sino que más bien seremos empáticos con ellos: “En la casa del jabonero el que no cae, resbala”.

    Todos nosotros tenemos la urgencia de que se nos mire con amor. Vamos luchando para que, en este mundo, en nuestra amada Iglesia, se terminen las miradas frías, llenas de odio y de rencor. Busquemos que se den solamente las miradas de amor, que reflejen la presencia del Señor en medio de nosotros.

    Para amar a los demás, lo mejor es sentirse y saberse amado por Dios; para poder perdonar, lo mejor es sentirse que Alguien ya lo ha perdonado todo; para poder mirar con amor, lo mejor es saber que el Señor te mira con amor. Animémonos a mirar como lo hace Jesús: llenos de amor, de compasión, de perdón.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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