21 octubre, 2026

El diagnóstico que paralizó la Navidad

El camino hacia el ministerio sacerdotal estuvo marcado por una profunda prueba física y espiritual para el joven presbítero colombiano Andrés David Forero. Todo comenzó a principios de año, cuando el malestar físico se convirtió en una constante insoportable. Con apenas 28 años y experimentando dolores que dificultaban sus pasos, intentó restarle importancia a los síntomas iniciales.

“Me decía a mí mismo que era solo una inflamación”, explica en conversación con EWTN News Español. Sin embargo, la situación llegó a un límite insostenible durante las celebraciones navideñas. “Durante la Navidad terminé de pronunciar la homilía y mi cuerpo colapsó”, recuerda sobre aquellos momentos en los que aún se desempeñaba como diácono.

El ingreso hospitalario se produjo el 7 de enero. Tras someterse a rigurosas valoraciones médicas, los especialistas confirmaron la peor noticia: un linfoma agresivo y diseminado. “Estaba en una etapa muy avanzada. El linfoma es un cáncer en la sangre por todo el tejido linfático, que se extiende por todos lados”, detalla sobre la enfermedad.

La transformación del dolor en esperanza

El impacto del diagnóstico generó inicialmente una crisis existencial y espiritual. Asumiendo la enfermedad como una sentencia definitiva, el joven sacerdote se enfrentó a sus propios temores y formuló la pregunta inevitable al equipo médico: “¿Cuándo me voy a morir?”. En esa etapa inicial, confiesa que atravesó momentos de profunda oscuridad donde “no tenía ganas ni de rezar”.

La confrontación con su propia mortalidad dio paso paulatinamente a la reflexión a través de la oración. De la frustración inicial pasó a cuestionarse con otra perspectiva: “Después de un tiempo rezando también dije: ‘¿Y por qué no?’”. Esa evolución espiritual le permitió comprender que la fe no exime del sufrimiento, sino que aporta un sentido trascendente. “Dios no me ha prometido no sufrir una enfermedad, sino nada más que su amor”, asegura, al tiempo que afirma haber perdido el miedo a la muerte, percibiéndola como el encuentro con el Señor.

El soporte comunitario fue fundamental durante los seis ciclos de quimioterapia y el posterior trasplante autólogo. Sus padres viajaron desde Colombia para asistirlo, mientras que tres seminaristas se turnaban cada noche para cuidarlo debido a su movilidad reducida. Esta red de apoyo incluyó también a amigos y fieles que consolidaron su visión sobre la providencia divina.

Compromiso pastoral y resiliencia

A pesar de la dureza de las terapias y las secuelas físicas, el sacerdote continuó vinculado a su labor eclesial. Ejerciendo como subdelegado de Cáritas Diocesana de Mallorca, compaginó sus responsabilidades con los tratamientos médicos, destacando la energía que recibía al interactuar con las comunidades locales. “Sentí mucha fortaleza, una fortaleza que incluso me ponían quimioterapia el viernes y el sábado ya estaba celebrando Eucaristías en los pueblos, con la gente, con los niños, porque venía ese ardor tan grande de sentir que Él me acompañaba”, sostiene.

Su labor social en Cáritas, iniciada en la etapa diaconal, le permitió acompañar a colectivos vulnerables, especialmente a inmigrantes recién llegados a la isla. En el plano médico, la respuesta a los tratamientos superó las previsiones iniciales de los especialistas, registrando una remisión parcial tras la tercera sesión y consolidando resultados positivos en los controles posteriores.

Un vínculo especial con el Pontífice

Durante su convalecencia, el sacerdote escribió al Papa León XIV en junio, coincidiendo con la visita del Pontífice a España. Debido a su proceso de trasplante, no pudo acudir a los actos públicos, pero posteriormente recibió una respuesta enviada a través del secretario papal, el sacerdote peruano Edgar Rimaycuna.

“Qué bonito sentir que la Iglesia sigue acompañando mi camino”, expresa con emoción al recordar el gesto. Ante los problemas de salud que han afectado al Santo Padre, el presbítero asegura mantenerlo presente en sus oraciones diarias. “Yo sé que al Santo Padre la enfermedad le fortalece también”, concluye, subrayando la dimensión redentora que atribuye al sufrimiento humano iluminado por la fe.

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