27 marzo, 2026

Ciudad del Vaticano – El Papa León XIV, desde el balcón del Palacio Apostólico, hizo un vehemente llamado a la paz mundial y personal durante el rezo del Ángelus este 1 de enero, instando a la oración y a un compromiso activo por la reconciliación. Ante una multitud estimada en 40.000 peregrinos congregados en la histórica Plaza de San Pedro, el Pontífice enfatizó la necesidad urgente de la paz en las naciones “asoladas por conflictos y sumidas en la miseria”, así como en los hogares y “familias heridas por la violencia y el dolor”. Su mensaje resonó profundamente al inicio del nuevo año, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Paz, una celebración instaurada por San Pablo VI en 1968.

En su homilía inaugural del año, el Santo Padre subrayó que la construcción de la paz debe ser un esfuerzo colectivo que comience en el interior de cada individuo. “Instamos a edificar un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia”, declaró León XIV, invitando a una profunda introspección y a la renuncia a la agresión en todas sus formas. Esta paz, según el Pontífice, no es una mera ausencia de conflicto, sino un don divino. “Que la paz sea con todos vosotros, una paz desarmada y desarmante que emana de Dios, obsequio de su amor incondicional, confiado a nuestra responsabilidad”, afirmó, extendiendo sus deseos de un feliz Año Nuevo a los fieles presentes.

La fecha del 1 de enero reviste una doble solemnidad para la Iglesia Católica, ya que además de la Jornada Mundial de la Paz, se celebra la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. El Papa León XIV aprovechó esta confluencia para recordar la centralidad de María en el misterio de la encarnación y su papel como intercesora. Esta conexión entre la figura de María y la búsqueda de la paz subraya la dimensión espiritual y maternal del mensaje papal, invitando a los creyentes a mirar a la Virgen como modelo de acogida y amor.

El Pontífice invitó a los fieles a considerar el inicio del año como una oportunidad para una profunda renovación espiritual y social, un “tiempo renovado de esperanza y reconciliación”. Reflexionando sobre el inexorable transcurrir del tiempo, señaló: “Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos”. Para el Papa, sin este anhelo genuino por el bien común, “no tendría sentido girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas”, resaltando que la esperanza y la buena voluntad son el verdadero motor de la existencia.

En el marco de sus reflexiones, León XIV también aludió al Jubileo de la Esperanza, que está a punto de concluir. Recordó que este Año Santo, que cerrará sus puertas el próximo 6 de enero con la clausura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, ha sido un periodo propicio para la transformación espiritual. Ha permitido a los creyentes convertir “los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas”. El Santo Padre describió este proceso como el “estilo” con el que Dios “habita la historia y la rescata del olvido”, ofreciendo al mundo al Redentor, Jesucristo, como la máxima expresión de su amor y misericordia.

Profundizando en el significado de la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, el Papa destacó el vínculo intrínseco entre la Navidad y la figura de María. “La festividad de la Navidad orienta hoy nuestra mirada hacia María, quien fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo”, explicó. Evocó la imagen del “silencio de su seno virginal”, donde “el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia”, una metáfora poética que subraya la profunda intimidad de la encarnación divina en el seno materno.

Finalmente, el Sumo Pontífice concluyó su mensaje con una profunda reflexión sobre el corazón de Dios, revelado en Jesús. Al hacerse hombre, Dios “nos da a conocer su corazón”, un corazón que “late por todo hombre y toda mujer”, sin distinción, tanto por aquellos que lo acogen como por quienes lo rechazan. Enfatizó que “el corazón de Jesús no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren la paz”. Este universalismo del amor divino es, según el Papa, la base sobre la cual se debe edificar un futuro de genuina paz y fraternidad.

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