12 marzo, 2026

En su primera homilía del año, en la Solemnidad de María, Madre de Dios, el Papa Leo XIV pronunció un contundente mensaje de paz y acogida universal, advirtiendo que la verdadera salvación no reside en la confrontación, sino en un compromiso incansable con el entendimiento y el perdón. La liturgia, celebrada el 1 de enero en la majestuosa Basílica de San Pedro, coincidió con la 59ª Jornada Mundial de la Paz de la Iglesia Católica, un marco propicio para las profundas reflexiones del Pontífice.

Ante un nutrido grupo del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cuya presencia subraya la resonancia global de las palabras papales, Leo XIV enfatizó la necesidad de trascender los cálculos y los miedos en las relaciones humanas y entre naciones. “El camino hacia la salvación global no se forja afilando armas, juzgando, oprimiendo o eliminando a nuestros semejantes”, afirmó el Santo Padre. “Por el contrario, exige un esfuerzo constante y sin descanso para comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin reservas ni temor”. Este llamado a la fraternidad resonó como un faro de esperanza en un mundo a menudo polarizado por conflictos y divisiones.

La homilía del Pontífice se centró en la esencia del misterio de la Encarnación y el papel fundamental de la Virgen María. A través de su “sí” incondicional, explicó el Papa, María hizo posible que la “fuente de toda misericordia y benevolencia” adoptara una forma humana: el rostro de Jesús. Este acto de fe primordial permitió que el amor divino se manifestara plenamente, recorriendo la historia humana desde la vulnerabilidad de un recién nacido hasta la plenitud de la Pascua. “A través de sus ojos de niño, y luego de joven y de hombre, el amor del Padre nos envuelve y nos transforma”, destacó Leo XIV, invitando a los fieles a experimentar en todo momento el calor del abrazo paternal de Dios y la luz de su mirada bendita, para así comprender su identidad y el destino trascendente al que están llamados.

El mensaje del Papa se entrelazó con el tema de la Jornada Mundial de la Paz de este año: “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’”. Este lema, explicó el Santo Padre, profundiza en una de las características más intrínsecas del amor divino: su total gratuidad. “Dios se nos revela desarmado y desarmante”, afirmó, describiendo la paradoja de un Creador que se presenta “desnudo, indefenso, como un recién nacido en su cuna”. Esta imagen potente desafía las nociones convencionales de poder y fuerza, sugiriendo que la verdadera paz emana de la vulnerabilidad y la entrega.

Leo XIV también evocó el camino de María, no solo como madre, sino como discípula ejemplar. Recordó cómo ella siguió a su Hijo “con un corazón humilde y de discípula” a lo largo de su misión, hasta el sacrificio en la cruz y la gloria de la resurrección. Este itinerario, marcado por una confianza radical en Dios, implicó una consagración total de su vida al Hijo que había recibido por gracia divina. Para ello, como el Pontífice señaló, María “también bajó la guardia”, renunciando a sus propias expectativas, pretensiones y seguridades, un acto de entrega que las madres son capaces de comprender profundamente.

El Santo Padre profundizó en la conexión entre la libertad humana y la acción divina en la historia, destacando el significado de esta experiencia liberadora. En la maternidad divina de María, el Papa Leo XIV identificó la confluencia de “dos inmensas realidades desarmadas”: la de un Dios que abandona todo privilegio de su divinidad para nacer en carne mortal (cf. Flp 2,6-11), y la de una persona que abraza con confianza plena la voluntad divina. Este acto de María se erige como un homenaje a la potencia más grande del ser humano: su libertad, en un acto perfecto de amor.

Hacia el final de su homilía, Leo XIV hizo eco de las palabras de San Juan Pablo II pronunciadas en la Misa del 1 de enero de 2001, donde se instaba a los cristianos a “empezar de nuevo con valentía” tras el Jubileo del año anterior. Con este espíritu, el Pontífice invitó a los fieles a contemplar el año que comienza bajo la luz de la misericordia divina, asegurando que “cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el inicio de una vida renovada”. Esta posibilidad, concluyó el Papa, surge del “amor generoso de Dios, de su misericordia y de la respuesta de nuestra libertad”.

En esta perspectiva de renovación, Leo XIV animó a concebir el año recién inaugurado como “un camino abierto, aún por descubrir”. Un sendero, afirmó, que debe estar marcado por la experiencia de ser “perdonados y, a su vez, dispensadores de perdón”, sostenidos por “la cercanía y la bondad inquebrantable del Señor que siempre nos acompaña”. Con estas palabras, el Papa Leo XIV ofreció una visión esperanzadora y transformadora para el año que comienza, enraizada en la fe, la misericordia y la búsqueda incesante de una paz genuina y universal.

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