19 marzo, 2026

Bogotá, Colombia – La Iglesia Católica en Colombia ha elevado una contundente plegaria y un llamado urgente a la nación para que el año 2026, que recién comienza, se convierta en un camino hacia el perdón, la reconciliación y la consolidación de una paz duradera. Este mensaje, cargado de esperanza y reflexión, fue articulado por Mons. Francisco Javier Múnera Correa, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia y Arzobispo de Cartagena, al hacer un balance del año anterior y trazar los propósitos espirituales y sociales para el nuevo ciclo.

En su comunicación pastoral, el jerarca eclesiástico expresó gratitud por el año que concluyó y por el inicio de este nuevo período, destacando la profunda relevancia de la fe en tiempos de incertidumbre. “En estos días hemos vivido la abundancia de la luz de Jesucristo que ha venido al mundo a disipar todas las tinieblas y a confirmarnos que el plan de Dios sigue vigente”, afirmó Mons. Múnera Correa. Subrayó que la voluntad divina para la humanidad es la salvación y el conocimiento pleno de la verdad, principios que, según el Episcopado, deben guiar los anhelos y propósitos de los colombianos. “Lo que Dios quiere para nosotros lo llamamos sus sueños, que deben ser también los nuestros”, puntualizó, enfatizando la necesidad de que Colombia encuentre en este año los senderos que conducen al perdón mutuo, la verdadera reconciliación y la anhelada paz.

Este llamado episcopal no es un mero deseo piadoso, sino una respuesta directa a una realidad nacional marcada por profundos desafíos. El año 2025, de acuerdo con el mensaje de la Iglesia, fue testigo de una preocupante escalada de violencia en diversas regiones del país. Decenas de atentados perpetrados por grupos armados, secuestros y enfrentamientos continuos generaron un clima de zozobra. La Conferencia Episcopal recordó cómo estas acciones obligaron al confinamiento de más de cien mil personas en sus hogares y al desplazamiento forzado de otras decenas de miles, afectando gravemente a comunidades enteras en zonas como el Catatumbo, una región históricamente castigada por el conflicto.

Paralelamente, la nota eclesiástica también puso de manifiesto la falta de consolidación del ambicioso plan de “Paz Total”, promovido por el presidente Gustavo Petro desde el inicio de su mandato. La ausencia de avances tangibles en este proyecto, que busca negociar con diversas organizaciones armadas para lograr un cese definitivo de la violencia, agudiza la preocupación de la Iglesia y de la sociedad colombiana sobre el futuro inmediato de la seguridad y la estabilidad en el territorio. En este contexto de frustración y vulnerabilidad, la voz del Episcopado resuena como un clamor por soluciones efectivas y un compromiso renovado de todos los actores sociales.

El mensaje del Episcopado colombiano va más allá de la condena a la violencia, extendiéndose a una invitación a la construcción de una sociedad más justa y cohesionada. Hizo un firme llamado a “valorar la fraternidad y la amistad social” como pilares fundamentales para dejar de lado “la violencia como camino para superar los conflictos”. Instó a la sociedad y a las instituciones a defender y proteger la vida y la dignidad humana, poniendo especial énfasis en la salvaguarda de los más pobres y vulnerables, quienes suelen ser las principales víctimas de la inequidad y el conflicto armado.

Asimismo, la Iglesia animó a todos los colombianos a unirse en la construcción de un “proyecto común de nación”. Un proyecto que, según el Episcopado, debe ser capaz de acoger la pluralidad y la diversidad cultural y social, cerrando así “las brechas que nos separan” y fomentando una convivencia armónica. En este sentido, la consolidación democrática fue un punto central, con un exhorto a que “todas las instituciones trabajemos por consolidar y fortalecer la democracia”, pilar indispensable para la estabilidad y el desarrollo equitativo del país.

Un aspecto crucial del mensaje es la apelación a los valores éticos y morales en la vida pública. La Conferencia Episcopal hizo un llamado a permitir que “las semillas de fe y del sentimiento religioso, sembradas desde hace siglos en nuestra nación, generen mejores ciudadanos y gobernantes con responsabilidad ética y moral por el bien común del país”. Enfatizó que “la coherencia de vida trae el fortalecimiento de los valores y el sentido de responsabilidad, superando el individualismo y la corrupción que sólo genera injusticia, guerra y pobreza”. Esta conexión entre la fe, la ética personal y la gobernanza es vista por la Iglesia como la clave para transformar las estructuras sociales y políticas de Colombia.

Finalmente, el Episcopado reafirmó su invitación a “profundizar el diálogo intergeneracional”, para que la experiencia y sabiduría de los mayores puedan ser transmitidas a las nuevas generaciones. Este diálogo busca capacitar a los jóvenes para que hagan realidad sus sueños, en un país donde no haya “menores reclutados para la guerra” ni “explotación de ningún tipo”. La protección de la niñez y la juventud es una prioridad, junto con el compromiso de la Iglesia de “cuidar la creación para que las nuevas generaciones la encuentren cada día más bella y habitable”. Concluyó su mensaje reiterando su compromiso de “seguir caminando en esperanza por una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa en Colombia”, renovando su rol como guía espiritual y actor social en la construcción de un futuro más próspero y pacífico para la nación.

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