18 marzo, 2026

La Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC) ha emitido una contundente advertencia sobre el inminente riesgo de **caos social** y violencia en la nación caribeña, a menos que se implementen **cambios estructurales** de manera urgente. Este llamado de alerta, comunicado a finales de enero, llega en un momento de creciente tensión en la isla, exacerbada por una profunda **crisis económica** y una crítica **escasez de combustible** que amenaza con paralizar los servicios esenciales y agudizar el sufrimiento de la población cubana.

El mensaje del episcopado, difundido el 31 de enero, subraya la percepción de un deterioro acelerado de las condiciones de vida. Los prelados recordaron un comunicado previo, emitido el 15 de junio, en el que ya exhortaban a la implementación de las “transformaciones estructurales, sociales, económicas y políticas” que Cuba requiere. Sin embargo, en esta nueva misiva, confesaron que en aquel entonces no imaginaron que la situación pudiera empeorar. “La situación ha empeorado y se ha agravado la angustia y la desesperanza”, declararon, señalando que las recientes noticias sobre el cese de la entrada de petróleo al país han activado todas las alarmas, especialmente para los sectores más vulnerables. La Iglesia Católica en Cuba insiste en que el peligro de una ruptura del tejido social entre “hijos de un mismo pueblo” es real y que “ningún cubano de buena voluntad se alegraría de ello”.

La intensificación de la crisis energética cubana ha sido un factor determinante en esta escalada de preocupación. Dos días antes de la advertencia episcopal, el gobierno de Estados Unidos, bajo la administración del entonces presidente Donald Trump, anunció la imposición de aranceles extraordinarios a los países que suministraran petróleo a Cuba. Esta medida profundizó la ya precaria situación de suministro. Venezuela, que históricamente había sido un pilar en la exportación de crudo a la isla, ya había cesado sus envíos desde noviembre del año anterior. La compleja situación política en Venezuela, con la detención de Nicolás Maduro y la presión sobre las facciones remanentes del chavismo, hacía improbable la reanudación de estos flujos.

La interrupción de la llegada de carburantes no se limitó a Venezuela. Rusia y Argelia también habían suspendido sus remesas de combustible al régimen cubano desde octubre y febrero del año precedente, respectivamente. Con estos cortes, México se mantenía como el único proveedor, habiendo realizado un último envío en los primeros días de enero. La drástica disminución de las importaciones de petróleo está **asfixiando la economía cubana**, ya de por sí debilitada. Según declaraciones recogidas por el Financial Times, Victoria Grabenwöger, analista de la firma de mercado Kpler, estimó a finales de enero que las reservas de combustible que le quedaban a Cuba “podrían durar entre 15 y 20 días”, un pronóstico que subraya la inminente emergencia.

En medio de este panorama, la COCC enfatizó que, si bien Cuba necesita cambios urgentes, no necesita “más angustias ni dolor” para su población. En un gesto de reconocimiento humanitario, los obispos agradecieron la ayuda proveniente de **Estados Unidos**, que fue canalizada a través de la Iglesia Católica para asistir a los damnificados por el huracán Melissa. Este acercamiento humanitario tuvo un capítulo significativo el 30 de enero, cuando Mons. Arturo González Amador, presidente de la COCC, y el Cardenal Juan de la Caridad García, se reunieron con Mike Hammer, jefe de Misión de la Embajada de Estados Unidos. Hammer, a través de la red social X, expresó que, si la distribución de la ayuda llegaba eficazmente a los más necesitados, la administración estadounidense estaría dispuesta a enviar más asistencia.

El Episcopado también abordó la delicada cuestión de las relaciones interestatales. Recordaron la postura invariable del Papa Francisco y la Santa Sede, quienes consistentemente abogan por que los gobiernos resuelvan sus diferencias y conflictos mediante el diálogo y la diplomacia, rechazando la coerción o la confrontación bélica. Sin embargo, con una visión que busca trascender las dinámicas geopolíticas, los obispos también hicieron hincapié en que “el respeto a la dignidad y al ejercicio de la libertad de cada ser humano dentro de la propia nación no puede supeditarse ni condicionarse a las variables de los conflictos externos”. Exhortaron a “poner el bien de Cuba por encima de los intereses de parte” y reiteraron la disposición de la Iglesia Católica a acompañar al pueblo, especialmente a los más vulnerables, y a contribuir, si así se solicitara, a rebajar el tono de las hostilidades y crear espacios de colaboración en pro del bien común. La grave situación cubana también resonó en el Vaticano; el Papa Francisco, al finalizar el rezo dominical del Ángelus, expresó su profunda preocupación y se unió al llamado de los obispos cubanos, instando a “todos los responsables a promover un diálogo sincero y eficaz para evitar la violencia y cualquier acción que pueda aumentar los sufrimientos del querido pueblo cubano”.

Desde una perspectiva de análisis, Osvaldo Gallardo, escritor y ensayista cubano radicado en Estados Unidos, aportó una visión crítica al señalar que la actual coyuntura social y económica es la peor que ha vivido la isla en más de cuatro décadas, superando incluso las dificultades del “Periodo Especial” de 1991 a 1994, que siguió al colapso de la Unión Soviética. Gallardo describió la situación actual con prolongados apagones, carestía de alimentos, colapso de servicios básicos y una severa falta de libertades. Para él, en el “Periodo Especial” existía una sensación de transitoriedad y una estructura más estable, mientras que ahora el “daño antropológico en Cuba es real y evidente”, y el “capital humano está disuelto”. Además, este periodo de privaciones, que se extiende desde la pandemia de 2020 hasta la actualidad, es más prolongado y sin visos de recuperación.

Gallardo atribuyó el sufrimiento no solo a las sanciones, sino a un “modelo agotado y un poder que se niega a soltar el control”. Consideró el mensaje de los obispos como una “advertencia moral” cuando el deterioro alcanza niveles peligrosos y el riesgo de **caos social** deja de ser una hipótesis. Sin embargo, se mostró escéptico sobre la posibilidad de diálogo con el régimen, al que describió como una táctica para “ganar tiempo, no para cambiar el país”. El analista fue tajante al afirmar que “la dictadura tiene que irse” y que Cuba necesita “cambios urgentes”, rechazando “más sacrificios inútiles ni una paz falsa comprada al precio de la resignación”. Concluyó que la “paz verdadera no es la ausencia de conflicto: es justicia. Y cuando la injusticia se prolonga en nombre del orden, lo que se protege no es la paz, sino el abuso”. La advertencia de la Iglesia y el análisis de expertos convergen en un punto crítico: la necesidad imperativa de un cambio profundo para evitar una catástrofe humanitaria y social en Cuba.

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