Managua, Nicaragua – El Cardenal Leopoldo Brenes, Arzobispo de Managua y el único purpurado de Nicaragua, ha ofrecido su perspectiva sobre la visión pastoral de la Iglesia Universal tras el reciente consistorio celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero. Sus declaraciones, que abordan la continuidad de los programas papales y el inicio de una nueva etapa, resuenan en un contexto marcado por su propia ausencia del cónclave cardenalicio y la creciente persecución contra la Iglesia Católica en su país.
El alto prelado nicaragüense, conocido por su voz pastoral en una nación convulsa, compartió sus reflexiones durante una homilía en la Catedral de Managua. Según Brenes, la Iglesia ha completado un ciclo de las iniciativas pastorales impulsadas por el Papa Francisco, incluyendo lo que el Cardenal describió como un “Año Santo” o un período intenso de acompañamiento. En sus palabras, ahora se vislumbra el inicio de un “proyecto pastoral” propio del Santo Padre, al que se refirió como “Papa León XIV” en lo que pareció ser una referencia a una nueva fase o enfoque de su pontificado, o incluso una proyección de futuro, destacando la importancia de la escucha.
“Ahí concluyó todo el programa que el Papa Francisco nos dejó. Y el Papa León, muy fiel a ese proyecto, no organizó cosas distintas, sino se sometió a lo que el Papa Francisco había dejado”, expresó el Cardenal, delineando una visión de continuidad y fidelidad a la trayectoria del pontificado actual. Añadió que “hoy comienza una nueva etapa en su vida y está preparándose en el proyecto. Y ha reunido a los señores cardenales para escucharle, y él decía, escuchar es lo que yo quiero”. Esta referencia a un “Papa León XIV” ha generado interrogantes sobre si el Cardenal se refería a una etapa específica del pontificado actual del Papa Francisco o a una visión con connotaciones simbólicas. Es importante señalar que el actual pontífice de la Iglesia Católica es el Papa Francisco.
**Ausencia Notoria y Respuesta del Vaticano**
La reflexión del Cardenal Brenes se produce en el marco de un consistorio en el que su ausencia fue notable. A diferencia de otros miembros del Colegio Cardenalicio, el Arzobispo de Managua no participó en las deliberaciones en Roma. Al ser consultado por un medio local, Brenes explicó que la razón de su ausencia se debió a la falta de una invitación oficial por parte de la Santa Sede. “No he recibido una convocatoria. He estado registrando el correo, registrando el WhatsApp, registrando las comunicaciones del Colegio Cardenalicio y tengo mis dudas, porque algunas veces se llama al consistorio pero para cosas internas, para cosas muy particulares de la Santa Sede y el Papa”, detalló.
La Oficina de Prensa del Vaticano, a través de su director, Matteo Bruni, mantuvo una postura reservada ante las declaraciones del Cardenal nicaragüense. Bruni se abstuvo de pronunciarse directamente sobre la situación de Brenes. Sin embargo, en una sesión informativa posterior con periodistas en Roma, ofreció datos sobre la asistencia al consistorio y afirmó categóricamente: “Por lo que me consta, todos han sido invitados”. Esta divergencia en las narrativas subraya una situación compleja en las relaciones entre la jerarquía eclesiástica y el Vaticano, especialmente en un contexto tan delicado como el nicaragüense.
**La Iglesia Católica Bajo Asedio en Nicaragua**
La singular situación del Cardenal Brenes y su relación con la Santa Sede no puede desvincularse del clima de hostilidad y persecución que la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha desatado contra la Iglesia Católica en Nicaragua. Desde las protestas ciudadanas de 2018, la represión contra la institución eclesiástica se ha intensificado de forma alarmante, convirtiendo a la Iglesia en uno de los principales blancos del régimen debido a su rol como defensora de los derechos humanos y voz crítica frente a los abusos de poder.
Martha Patricia Molina, una destacada abogada e investigadora que ha documentado exhaustivamente esta situación en su informe “Nicaragua: Una Iglesia perseguida”, ofreció datos que pintan un panorama desolador. Según Molina, entre 2018 y 2025 se han registrado 1,030 ataques y agresiones dirigidos contra la Iglesia Católica en el país. La represión no solo se manifiesta en agresiones directas, sino también en la restricción de la libertad de culto y expresión religiosa, con un registro de 18,808 procesiones y actos de piedad popular que han sido prohibidos por la administración sandinista.
El impacto humano de esta persecución es devastador. Molina documentó que 304 sacerdotes y monjas se han visto forzados a dejar de ejercer su ministerio pastoral en Nicaragua, un total de 172 hombres y 132 mujeres. Además, la Iglesia ha sufrido un grave despojo de sus bienes, con la confiscación de 43 propiedades. Estas acciones no solo debilitan la infraestructura de la Iglesia, sino que también merman su capacidad de ofrecer servicios espirituales y sociales a la comunidad.
La abogada lamentó la drástica reducción del espacio cívico en Nicaragua, donde la capacidad de disentir o protestar ha sido erradicada. “En Nicaragua no se puede protestar porque la dictadura no lo permite y a quienes se atrevan los destierran, encarcelan o asesinan”, afirmó Molina, resaltando la dura realidad que enfrentan los ciudadanos. Para los católicos, las opciones de expresión de su fe se han limitado severamente: “Lo único que pueden hacer los católicos es orar en sus parroquias (porque tampoco lo pueden hacer en las calles) o en sus casas”.
En este escenario de represión, las palabras del Cardenal Brenes sobre la dirección pastoral de la Iglesia Universal adquieren un significado adicional, reflejando tanto su compromiso con la fe global como la compleja realidad que le toca vivir y liderar en su nación. Su situación personal y la de la Iglesia en Nicaragua continúan siendo un punto de atención crucial para la comunidad internacional y los defensores de la libertad religiosa.






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