La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México fue escenario el pasado 5 de febrero de una emotiva ceremonia que consolidó la veneración al protomártir mexicano, San Felipe de Jesús. En la conmemoración litúrgica de su martirio, una significativa reliquia del santo fue reubicada en un renovado y digno espacio: una imponente columna de alabastro, erigida dentro de la capilla que lleva su nombre en el corazón del recinto sacro.
Este acto litúrgico, que atrajo a numerosos fieles y devotos, marcó un hito en la preservación de la memoria y el legado de San Felipe de Jesús. La jornada inició con una solemne procesión en la que la reliquia fue trasladada cuidadosamente hacia su nuevo emplazamiento. Posteriormente, la columna y la reliquia recibieron la bendición oficial durante una Misa presidida por Monseñor Francisco Javier Acero, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, quien destacó la importancia de este gesto para la comunidad católica.
Los asistentes tuvieron además la oportunidad de participar en un momento de especial conexión con la historia del santo: se les permitió acercarse a la pila bautismal en la que San Felipe de Jesús recibió el primer sacramento, y de la cual pudieron recoger agua bendita preparada exclusivamente para la ocasión. Este detalle simbólico permitió a los fieles sentir la cercanía con los orígenes del protomártir.
Según declaraciones previas del Padre José Antonio Carballo García, rector de la Catedral Metropolitana, la capilla de San Felipe es una de las catorce capillas laterales que adornan la nave principal del templo. Este espacio, de particular riqueza artística e histórica, alberga no solo un “retablo magnífico” y una “escultura barroca muy bella” dedicada a San Felipe de Jesús, sino que también cobija los restos de Agustín de Iturbide, figura clave en la independencia de México, y un retablo dedicado a Santa Rosa de Lima. La reliquia, ahora sostenida por la nueva columna de alabastro, ocupa una posición prominente “para la veneración de los fieles”, buscando realzar la devoción hacia el santo.
**Simbolismo en el Corazón de la Columna**
La columna de alabastro que ahora resguarda la reliquia no es solo un soporte material, sino un lienzo narrativo que evoca pasajes cruciales de la vida y martirio de San Felipe de Jesús. El Padre Carballo García detalló el profundo simbolismo de sus grabados. Entre ellos destacan higos y hojas de higuera, una representación que remite a una antigua tradición popular. Se cuenta que la nana del joven Felipe, conocido por su espíritu inquieto en la niñez, profetizó que “cuando la higuera reverdezca, Felipillo será santo”. Sorprendentemente, la leyenda afirma que en el preciso instante de la muerte de San Felipe en el martirio, la higuera seca plantada en su casa reverdeció.
Adicionalmente, la columna incorpora imágenes de las lanzas, elementos gráficos que recuerdan vívidamente el instrumento del sacrificio final del protomártir. En un tributo a su inquebrantable fe, también se encuentran grabadas sus últimas palabras antes de expirar: “¡Jesús, Jesús, Jesús!”, un testimonio conmovedor de su devoción incondicional.
El rector de la Catedral Metropolitana manifestó que, aunque existe un número considerable de devotos de San Felipe de Jesús que visitan el templo, especialmente en el día de su fiesta, el propósito último de esta reubicación es “generar una devoción mayor” entre los fieles de la capital y más allá, consolidando su legado espiritual y cultural.
**¿Quién fue San Felipe de Jesús, Protomártir Mexicano?**
Nacido en 1572 en la entonces Nueva España, actual Ciudad de México, de padres españoles, Felipe de Jesús es reconocido por la Iglesia Católica como el primer mártir nativo de México, o protomártir, al haber sido el primero en estas tierras en ofrecer su vida por la fe cristiana.
Desde su adolescencia, Felipe sintió la llamada a la vida religiosa, ingresando a la Orden de Frailes Menores (franciscanos) no en su tierra natal, sino en Filipinas. Su destino, sin embargo, lo llevaría a un inesperado y trágico camino. En un viaje de regreso a la Nueva España, donde sería ordenado sacerdote, su embarcación naufragó, desviándolo hacia las costas de Japón.
En el país nipón, Felipe continuó su apostolado, pero la creciente persecución religiosa local alcanzó brutalmente a los misioneros católicos. Fue así como San Felipe de Jesús, junto con otros veinticinco católicos –incluidos sacerdotes y religiosos jesuitas y franciscanos, así como numerosos laicos–, sufrió el martirio por crucifixión en Nagasaki el 5 de febrero de 1597.
El jesuita Diego R. Yuki, en su detallado relato “La colina de los mártires, Nagasaki”, describe con precisión aquellos momentos. Mientras los mártires colgados en las cruces rezaban y transformaban sus cantos en plegarias, San Felipe de Jesús se vio impedido de gritar. El “sedile”, el soporte para sus pies en la cruz, estaba tan bajo que “todo el cuerpo colgaba de la anilla del cuello”, provocándole una asfixia lenta y agónica.
Con sus últimas fuerzas, y consciente de su inminente partida, Felipe de Jesús “reunió sus últimas energías para pronunciar tres veces el nombre de Jesús”. Para que “no se prolongase aquella dolorosa agonía”, sus verdugos, en un acto de crueldad final, lo traspasaron con lanzas. “El cuerpo de Felipe se estremeció en la cruz y de su pecho abierto brotaron dos raudales de sangre”, relata Yuki. Fue el primero de los veintiséis mártires en expirar aquel fatídico día, sellando su destino como un símbolo perdurable de fe y sacrificio para México y el mundo católico.






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