17 febrero, 2026

Monseñor Ronald A. Hicks, quien recientemente fue designado Arzobispo de Nueva York por el Papa Francisco, asume uno de los cargos eclesiásticos más prominentes en Estados Unidos. Su nombramiento marca no solo un nuevo capítulo para la influyente Arquidiócesis neoyorquina, sino que también resalta un aspecto singular y profundamente formativo de su ministerio: su extensa e íntima conexión con América Latina. Esta experiencia, marcada por la convivencia con comunidades vulnerables y un compromiso pastoral inquebrantable, ha dejado una huella indeleble en su vida y ministerio, forjando un líder con un enfoque empático y cercano a las personas.

Su dominio del español y su profunda admiración por San Óscar Arnulfo Romero, mártir salvadoreño, son solo manifestaciones externas de un vínculo que trasciende lo cultural. La raíz de esta conexión se gestó mucho antes de su ordenación sacerdotal, a través de su experiencia como voluntario en la institución Nuestros Pequeños Hermanos (NPH). Esta organización internacional, fundada en 1954 por el P. William Wasson —un sacerdote de origen estadounidense cuyo ministerio floreció en México—, se ha dedicado desde entonces a ofrecer un hogar, educación, atención médica y acompañamiento integral a miles de niños y jóvenes en situación de extrema vulnerabilidad en América Latina y el Caribe. Según datos de NPH, a la fecha, más de 20.000 menores han recibido apoyo vital a través de sus programas.

En 1989, un joven Hicks llegó a la sede de NPH en México como voluntario, en lo que sería su primer encuentro transformador con la realidad latinoamericana. Fue allí donde conoció a Emilia Cárdenas Ponce y a su hermano Abad, de once y nueve años respectivamente, quienes residían en la institución tras la trágica pérdida de sus padres. En una entrevista, Emilia Cárdenas Ponce describe a Monseñor Hicks como una persona “muy jovial, muy atenta”, con una especial cercanía hacia su hermano menor, ya que él era el cuidador asignado a los varones. Aunque no vivían en las mismas instalaciones, Hicks mantenía un contacto constante, preocupándose por el bienestar de Abad y asegurándose de que estuviera bien alimentado y protegido. “Ron me decía: ‘no te preocupes, yo lo cuido, yo estoy bien al tanto’”, rememora Emilia, subrayando la profunda impresión que su compromiso dejó en ella. A pesar de que su estancia en México duró solo un año antes de regresar a Chicago, Illinois, para ingresar al seminario, la amistad perduró, trascendiendo la distancia y el tiempo.

El destino los volvería a unir años más tarde. En 2005, ya como sacerdote, Mons. Hicks regresó a Centroamérica, esta vez con una responsabilidad aún mayor: la dirección regional de NPH Centroamérica, cargo que ocupó hasta 2010. Residiendo en El Salvador, supervisaba los hogares de la organización en Guatemala, Honduras y Nicaragua. Para entonces, Emilia Cárdenas Ponce también colaboraba con NPH en El Salvador, lo que propició un emotivo reencuentro con el “Padre Ron”, como cariñosamente lo conocían. Aunque conservaba su innata jovialidad, Emilia lo recuerda en esta etapa como una persona “muy organizada, muy responsable, pero siempre con esa gran empatía con la gente, tanto con los adultos como con los niños”. Destaca cómo el Padre Ron se esforzaba por recordar el nombre de cada niño y adulto con quien interactuaba, interesándose genuinamente por sus historias en cada misa de graduación, boda o funeral. “Él tiene un corazón tan grande que trata a todos tan especial, o sea, los hace sentir importantes de verdad”, asegura.

Durante su gestión en El Salvador, Monseñor Hicks trabajó codo a codo con Olegario Campos, conocido afectuosamente como Tío Olegario, quien fungió como director nacional de NPH El Salvador entre 1999 y 2019. En conversación, Campos describe a Hicks como una persona “muy respetuosa” y profundamente afectuosa con los niños, “siempre cerca de ellos”. En esos años, NPH El Salvador brindaba atención a cerca de 340 niños huérfanos y en riesgo, contando con el apoyo de aproximadamente 140 colaboradores. Para Tío Olegario, el entonces Padre Ron era percibido por todos, adultos y menores, como una figura “muy sencilla, muy amable” y, sobre todo, alguien que “siempre nos escuchaba, siempre nos apoyaba”.

Sin embargo, si Monseñor Hicks dejó una huella imborrable en quienes lo conocieron, América Latina también lo marcó a él de una manera profunda. Años después, durante una misa previa a su instalación como Obispo de Joliet, Illinois, en 2020, compartió una anécdota que calificó como “una experiencia que cambió mi vida y mi visión”. Al inicio de su labor en Centroamérica, cuatro niños de entre 12 y 14 años se presentaron en su oficina para hablar con él. Tras una espera que se prolongó más de lo previsto, uno de ellos le espetó: “Padre, usted es más como un abogado que como un sacerdote”. Aquellas palabras, confesó Hicks, “me rompieron el corazón”, y lo llevaron a cuestionar su enfoque. La pregunta clave que resonó en él fue: “cuando me vaya de aquí después de cinco años, ¿cómo quiero que me recuerden?”. Esta profunda introspección lo impulsó a redefinir su interacción, asegurándose “de pasar tiempo real con ellos, estando con ellos, rezando con ellos, comiendo con ellos, jugando con ellos, escuchándolos. Simplemente estando allí como su padre espiritual y como su pastor”. Esta revelación es la base de su deseo de ser un obispo cercano, un “obispo que pasa tiempo con el pueblo de Dios, un obispo que intenta ser un buen pastor”.

Con la inminencia de su asunción pastoral en Nueva York el 6 de febrero, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos ha difundido un video en el que Monseñor Hicks reflexiona sobre el profundo impacto de su paso por Centroamérica: “Esa experiencia con la gente y la cultura me cambió y me transformó. Y eso es lo que sucede cuando tenemos un encuentro con Jesús, con Su palabra, Su sacramento, la Eucaristía, un encuentro con Él a través de actos de caridad y misericordia hacia los demás. Cuando tenemos un encuentro con el Señor, volvemos a casa por un camino diferente”.

Para Emilia Cárdenas Ponce, la Arquidiócesis de Nueva York ha obtenido un tesoro. Sin dudarlo, expresa en el argot mexicano que “esos de Nueva York se la rifaron”, augurando que “van a tener el mejor arzobispo del mundo”. Asegura que ganan a un pastor con una capacidad innata para escuchar, que “pone esa atención precisa para la persona con la que estaba hablando”, sin importar edad o condición social. De igual manera, Tío Olegario destaca la habilidad de Monseñor Hicks para resolver conflictos y fomentar la unidad en pro del bienestar de los niños, un liderazgo que, según él, ejecutó “realmente muy bien”. El camino de Monseñor Ronald A. Hicks hacia Nueva York ha sido, indudablemente, moldeado por la profunda y transformadora senda que recorrió en América Latina.

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