La misteriosa desaparición del obispo emérito de Estelí, Mons. Juan Abelardo Mata, en Nicaragua ha encendido las alarmas de la comunidad internacional y la Iglesia Católica, provocando duras acusaciones contra el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Desde hace casi tres semanas, el paradero del prelado, de 80 años, es desconocido, lo que ha llevado a expertos en derechos humanos a calificar la situación como un “crimen de lesa humanidad”. La investigadora Martha Patricia Molina ha sido una de las voces más contundentes en señalar la gravedad del caso, resaltando el patrón de hostigamiento del régimen nicaragüense contra figuras religiosas.
Molina, en declaraciones recientes, expresó su profunda preocupación por la suerte de Mons. Mata, enfatizando que la ausencia de información oficial creíble, sumada a la vulnerabilidad del obispo por su edad y condiciones de salud preexistentes, agrava la situación. El obispo sufre de diabetes, problemas de visión y utiliza un marcapasos debido a una dolencia cardíaca, enfermedades que requieren atención médica constante y especializada. La investigadora advirtió que es “costumbre de la dictadura causar el mayor daño posible a los sacerdotes”, un presagio inquietante en el contexto actual.
Mons. Mata fue visto por última vez a fines de junio, luego de presidir una misa el domingo 28 de junio, donde oró por la Iglesia perseguida en Nicaragua. Tras este evento, fue supuestamente detenido en dos ocasiones por la policía, aunque las circunstancias exactas de su desaparición siguen siendo confusas. Mientras la dictadura insiste en que el obispo se encuentra en su residencia en “perfectas condiciones”, no ha proporcionado pruebas verificables de vida ni ha permitido el acceso a sus familiares o médicos.
El gobierno nicaragüense, a través de su Ministerio del Interior, emitió un comunicado el 4 de julio, indicando que Mons. Mata había sido objeto de una “necesaria indagación sobre origen de propiedades y vínculos familiares que no coinciden con la condición sacerdotal”, y que posteriormente había regresado a su vivienda. Sin embargo, el texto oficial carece de detalles sobre las propiedades o vínculos a los que se refiere, y la ausencia de contacto con el exterior del prelado contradice la afirmación de que está en buenas condiciones. Esta opacidad ha sido fuertemente criticada por sacerdotes exiliados y defensores de derechos humanos, quienes ven en la declaración una cortina de humo.
La situación ha provocado una ola de indignación y solicitudes de acción a nivel global. Organizaciones de derechos humanos, el Departamento de Estado de los Estados Unidos y obispos de Centroamérica han alzado sus voces exigiendo al régimen de Ortega-Murillo “pruebas de vida inmediatas” de Mons. Abelardo Mata y una respuesta transparente sobre su condición y paradero. Desde Miami, el sacerdote nicaragüense P. Edwing Román, vicario parroquial de Santa Agatha y exiliado desde hace años, manifestó a este medio su temor por la vida del obispo, señalando que el “silencio oficial y las contradicciones” sugieren una grave situación. Román instó a las autoridades a permitir que el octogenario obispo reciba atención médica adecuada.
En este contexto de profunda preocupación, la comunidad eclesial también ha expresado su esperanza en una intervención de la máxima autoridad de la Iglesia. Un sacerdote nicaragüense en el exilio, quien prefiere mantener el anonimato para evitar represalias contra sus familiares en su país, hizo un llamado para que el Papa León se pronuncie sobre la situación del obispo Mata. “Ojalá que el Santo Padre diga una palabra, que pida al gobierno de Nicaragua que muestre signos de que está bien, que está vivo y que está tranquilo y que sus familiares puedan acercarse a él con toda tranquilidad, y que esté bien de salud y bien atendido. Eso es lo que esperamos”, añadió, reflejando la angustia de muchos.
Monseñor Juan Abelardo Mata es una figura prominente en la Iglesia nicaragüense. Nació el 23 de junio de 1946, realizó su profesión como salesiano en 1966 y fue ordenado sacerdote diez años después. Su trayectoria lo llevó a ser Obispo Auxiliar de Managua en 1988, antes de ser nombrado Obispo de Estelí en 1990, diócesis que dirigió por más de tres décadas. En 2021, el Papa Francisco aceptó su renuncia al cargo episcopal al cumplir los 75 años, la edad de retiro para los obispos. A pesar de su condición de emérito, su voz ha sido históricamente una de las más respetadas y críticas frente al poder, consolidándose como un defensor incansable de los derechos humanos.
Arturo Mc Fields, exembajador de Nicaragua ante la OEA, describió a Mons. Mata como “la última voz valiente de la Iglesia que todavía está en Nicaragua y que no tiene miedo al régimen”. Según Mc Fields, el obispo es un hombre de fe dispuesto a enfrentar las últimas consecuencias, lo que, paradójicamente, lo convierte en un objetivo del régimen. La percepción generalizada es que la dictadura le teme a su autoridad moral y a su capacidad de movilizar la conciencia social. La presión internacional, particularmente de gobiernos como el de Estados Unidos, es vista como un factor crucial para salvaguardar la vida y libertad del prelado.
La represión contra la Iglesia en Nicaragua no es un fenómeno nuevo. Otro sacerdote exiliado, quien también prefirió no revelar su identidad, subrayó que “hacer una oración en Nicaragua por las personas que han salido del país es un acto que ofende al gobierno y que es merecedor de cárcel”. Este clima de intimidación y vigilancia ha transformado el país en un lugar donde los sacerdotes enfrentan constantes riesgos. “Nicaragua es una cárcel para los sacerdotes”, afirmó, describiendo una realidad donde la libertad de culto y expresión está gravemente coartada. La desaparición de Mons. Mata es vista no como un incidente aislado, sino como una escalada en la política de amedrentamiento del régimen contra cualquier voz disidente, incluso las más ancianas y respetadas. La incertidumbre sobre el destino del obispo Mata mantiene a la Iglesia y a la comunidad internacional en vilo, a la espera de una respuesta clara que ponga fin a la angustia.








