

Durante la última jornada de su viaje apostólico a territorio francés, el Papa León XIV encabezó una significativa cumbre interreligiosa desde el Centro de Congresos Robert Schuman, ubicado en la emblemática ciudad de Metz. Este enclave, definido por el pontífice como un punto de encuentro histórico y de fronteras, sirvió como escenario para que líderes de diversas confesiones reflexionaran sobre el papel de la fe en la construcción de sociedades más armónicas y respetuosas de la dignidad humana.
Un legado europeo de unidad y esperanza
El Sumo Pontífice comenzó sus palabras recordando la figura de Robert Schuman, uno de los artífices de la actual Unión Europea. Destacó que aquel líder supo transformar las antiguas divisiones geopolíticas en oportunidades de cooperación. En la misma línea, el Obispo de Roma subrayó que los representantes de las distintas tradiciones religiosas comparten el deber ineludible de demostrar que el entendimiento mutuo siempre prevalece sobre las barreras ideológicas o geográficas.
Ante una audiencia compuesta por referentes espirituales, el Papa enfatizó que acercarse a otras creencias no debilita las convicciones propias, sino que las proyecta con autenticidad. Al respecto, citó las palabras de la encíclica Fratelli tutti de su predecesor, el Papa Francisco, para recordar que «el diálogo entre personas de distintas religiones no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia (…). El objetivo del diálogo es establecer amistad, paz».
El rechazo rotundo a la violencia en nombre de la fe
Uno de los ejes centrales de la intervención papal fue la condena absoluta a la utilización de argumentos religiosos para justificar actos violentos o regímenes de opresión. El líder católico advirtió que invocar la divinidad para avalar agresiones constituye una ofensa directa y una total desnaturalización de la fe.
Para reforzar esta postura, el pontífice recurrió al pensamiento del filósofo Paul Ricœur, describiendo el intercambio sincero como una herramienta indispensable para concebir la diversidad como una promesa de enriquecimiento cultural y no como una amenaza latente. Asimismo, hizo un llamado urgente a desarmar los discursos y las actitudes cotidianas, recordando que cada comunidad tiene la responsabilidad moral de actuar como custodia fiel de sus principios pacíficos.
La defensa de la vida y el acompañamiento a los vulnerables
En otro tramo de su alocución, el Papa León XIV reflexionó sobre la verdadera medida del desarrollo civilizatorio, señalando que este no se calcula en función de los logros económicos o materiales, sino mediante la capacidad de proteger y dignificar a cada ser humano en todas las etapas de su existencia.
Las religiones, según argumentó, deben erigirse como guardianas de la vida humana, ofreciendo un compromiso activo y cercano con los sectores más frágiles de la sociedad. Esto implica brindar contención y afecto, especialmente en los momentos de mayor sufrimiento. Además, destacó la urgencia de proporcionar referentes sólidos a las nuevas generaciones para fomentar una convivencia basada en el respeto recíproco.
Hacia el cierre del encuentro, el pontífice reiteró la disposición de la Iglesia católica para caminar junto a todas aquellas personas que busquen con honestidad la verdad y el bienestar común. Con una invocación final a la sabiduría divina, instó a los presentes a consolidar su labor como auténticos constructores de concordia en un contexto internacional profundamente necesitado de concordia y optimismo.








