11 agosto, 2026

Hong Kong despide a una figura emblemática de la resiliencia eclesiástica. El padre Benedict Chao, reconocido como el monje trapense de mayor edad a nivel global y el último sobreviviente de una comunidad devastada por la persecución comunista en China, falleció el 31 de julio a los 108 años de edad en Lantao. Su deceso marca el fin de una era para la Orden de los Cistercienses de la Estricta Observancia (OCSO), que informó del lamentable suceso y de su funeral, previsto para el 14 de agosto.

Nacido en 1918 en Cheng Ting, en la provincia china de Hebei, el padre Chao dedicó casi ocho décadas de su vida al servicio monástico. Ingresó al monasterio en Lantao en 1941, profesó sus votos solemnes en 1947 y fue ordenado sacerdote en 1949. Su trayectoria incluyó 79 años como monje y 77 como presbítero, un testimonio de fe y perseverancia inquebrantables frente a adversidades históricas. Durante más de veinte años, además, sirvió como superior de la comunidad trapense de Lantao, guiando a sus hermanos en tiempos de reconstrucción y consolidación.

La vida del padre Chao estuvo marcada por los turbulentos eventos que sacudieron a China en el siglo XX. Su comunidad monástica, ya en 1937, había experimentado la brutalidad de la guerra cuando el monasterio de Nuestra Señora de la Alegría (Liesse), donde ingresaría años después, fue ocupado por las fuerzas militares japonesas. Aquella incursión inicial resultó en el encarcelamiento y asesinato de varios monjes, un preludio sombrío de lo que vendría.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó con la ascensión al poder de Mao Zedong y el establecimiento de la República Popular China. La intensificación de la persecución religiosa bajo el régimen comunista fue devastadora para las comunidades católicas en todo el país. En 1947, el mismo año en que el joven Benedict Chao pronunciaba sus votos perpetuos, la Abadía de Nuestra Señora de la Consolación, en Yangjiaping, sufrió un brutal ataque. Sus monjes fueron sometidos a torturas y forzados a abandonar el recinto sagrado.

La violencia escaló dramáticamente al año siguiente, cuando seis monjes de esa comunidad fueron fusilados tras un juicio popular, una cruda manifestación del poder represivo del Estado. Entre ellos se encontraba el padre Crisóstomo Chang, un viceprior de tan solo 29 años, cuya juventud fue truncada por la intolerancia ideológica. Estos acontecimientos dieron origen a la veneración de los 33 mártires de Yangjiaping, un grupo que incluía a 30 monjes chinos y tres religiosos de origen extranjero, cuyos sacrificios hoy son recordados como un testimonio de fe inquebrantable.

La comunidad de Liesse, a la que pertenecía el entonces padre Chao, también fue objeto de ataques sistemáticos, dejando a sus miembros sin más opción que buscar refugio y ocultarse en otras ciudades. Ante el inexorable avance de la persecución, se tomó la dolorosa decisión de enviar a algunos monjes fuera de China para salvaguardar sus vidas y la continuidad de la orden. Fue así como el padre Chao emprendió un viaje que lo llevó al monasterio de Notre-Dame-des-Prairies, en Manitoba, Canadá, lejos de la tierra que lo vio nacer y formarse.

En 1951, la persecución comunista forzó el cierre de la comunidad de Xindu. Los monjes que habían logrado escapar de China, dispersos por el mundo, comenzaron a gestar la ambiciosa idea de reconstruir su comunidad. Hong Kong, entonces bajo administración británica, emergió como un posible santuario. Con el valioso apoyo del obispo de Hong Kong en aquel tiempo, monseñor Enrico Valtorta, misionero del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras (PIME), lograron asegurar un terreno en las elevadas colinas de la isla de Lantao.

En ese emplazamiento remoto, ocho valientes monjes se embarcaron en la monumental tarea de construir desde cero un nuevo monasterio. Con dedicación y trabajo arduo, lograron inaugurar las instalaciones en 1956. Los primeros años estuvieron marcados por la austeridad y la necesidad de trabajar incansablemente, incluso vendiendo productos elaborados por ellos mismos, para garantizar su subsistencia y la del creciente centro de oración.

La tenacidad y el espíritu de la comunidad fueron finalmente reconocidos en 1999, cuando la Orden Cisterciense otorgó a la comunidad de Lantao el estatus de abadía autónoma. Un año después, en enero de 2000, recuperó su nombre original y lleno de significado: Abadía de Nuestra Señora de la Alegría, el mismo que había llevado la comunidad ancestral en Hebei.

La partida del padre Benedict Chao no solo representa la pérdida de un monje venerable y el decano de los trapenses, sino que también simboliza el adiós al último enlace directo con una generación de religiosos que resistió la opresión maoísta y, contra todo pronóstico, logró hacer renacer su fe y su comunidad en las alturas de Hong Kong. Su vida, un crisol de fe, sufrimiento y reconstrucción, permanecerá como un testimonio imperecedero de la fuerza del espíritu humano y la perennidad de la devoción monástica.

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