Luanda, Angola — En el marco de su viaje apostólico a Angola, el Papa León XIV presidió este domingo 19 de abril de 2026 una multitudinaria celebración eucarística en la explanada de Kilamba, un suburbio de la capital, Luanda. Durante su homilía, el Pontífice instó a la Iglesia local a desempeñar un papel fundamental en la superación de los complejos problemas sociales y económicos que aquejan al país, así como en la lucha contra las diversas formas de pobreza. La emotiva ceremonia marcó el segundo día de la visita del Santo Padre a la nación africana, en la que su mensaje se centró en la esperanza, la reconstrucción y el acompañamiento de la comunidad cristiana a su pueblo.
En un discurso impregnado de profunda sensibilidad pastoral, León XIV reconoció la belleza intrínseca de Angola, al tiempo que lamentó las cicatrices dejadas por su historia, particularmente una prolongada guerra civil. Este conflicto, según el Papa, ha sembrado enemistades, divisiones y un derroche de recursos que ha profundizado la pobreza. El Pontífice comparó la situación de Angola con el relato evangélico de los discípulos de Emaús, quienes, desilusionados y con el corazón apesadumbrado, se alejaban de Jerusalén tras la crucifixión de Jesús. “En esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad”, afirmó.
El Santo Padre subrayó que la narrativa de los discípulos de Emaús, que hablaban con tristeza de los acontecimientos recientes, resuena con la memoria del dolor que ha marcado a la nación angoleña. La prolongada inmersión en una historia de sufrimiento, advirtió el Papa, puede llevar al desánimo y a la parálisis, una situación similar a la de los discípulos que, aunque caminaban y conversaban, no vislumbraban una salida ni sabían cómo reconstruir sus vidas.
Sin embargo, el mensaje central de León XIV fue de profunda esperanza. Recordó a los fieles que la Buena Nueva de la Resurrección de Cristo ofrece un camino para empezar de nuevo. “Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro”, enfatizó el Pontífice. Explicó cómo el Señor se acercó a los discípulos desesperanzados, convirtiéndose en su compañero de camino, ayudándolos a reinterpretar su historia, a mirar más allá del dolor y a darse cuenta de que no estaban solos. Fue al sentarse a la mesa y partir el pan cuando “los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”.
Para los angoleños, y para la Iglesia universal, el Papa León delineó un doble camino para la reconstrucción. En primer lugar, la certeza de la compañía divina, experimentada a través de la oración, la escucha de la Palabra de Dios —que “hace arder nuestro corazón”— y, de manera preeminente, en la celebración de la Eucaristía. En este punto, el Papa hizo una importante exhortación, llamando a la cautela frente a ciertas “formas de religiosidad tradicional” que, aunque arraigadas en la cultura local, pueden introducir elementos mágicos y supersticiosos que desvían del verdadero camino espiritual. El Pontífice instó a los fieles a permanecer “fieles a lo que enseña la Iglesia, confiar en sus Pastores y mantener la mirada fija en Jesús”, especialmente en la Palabra y la Eucaristía, donde el Señor Resucitado se manifiesta.
El segundo pilar del camino hacia la esperanza, según el Papa León, es un “compromiso generoso” capaz de sanar heridas y reavivar el espíritu. Así como los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, también nosotros debemos reconocerlo, no solo en la Eucaristía, sino “en cualquier lugar donde haya una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien se haga don de compasión como Él”.
El Papa fue explícito al describir la misión de la Iglesia en Angola. Afirmó que “los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos”. Una Iglesia que, alimentada por la Palabra y la Eucaristía, sea capaz de reavivar la esperanza perdida. Esto requiere obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que estén dispuestos a entregar sus vidas al servicio mutuo, a construir “espacios de fraternidad y de paz”, y a realizar “gestos de compasión y solidaridad” hacia los más necesitados.
El Pontífice hizo un llamado a transformar la realidad de Angola. Subrayó que, con la gracia de Cristo Resucitado, los creyentes pueden convertirse en ese “pan partido” que promueve el cambio. La Eucaristía, que simboliza la unidad en un solo cuerpo y espíritu, debe inspirar la construcción de un país donde se superen las viejas divisiones, donde el odio y la violencia desaparezcan, y donde la lacra de la corrupción sea sanada por una “nueva cultura de la justicia y el compartir”. Solo así, sostuvo León XIV, será posible forjar un futuro prometedor, especialmente para la numerosa juventud que ha perdido la fe en el mañana.
Al finalizar su homilía, el Papa León XIV animó a los angoleños a mirar hacia el futuro con audacia y a ser los “protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad”. Aseguró su cercanía y sus oraciones, y expresó su confianza en que también puede contar con el pueblo angoleño. Finalmente, encomendó a todos a la protección y la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, patrona de Angola, para que los sostenga siempre en la fe, la esperanza y la caridad.






