San José de Cupertino destaca de manera sobresaliente en la historia eclesiástica por su insólito don de la levitación, una gracia mística que marcó profundamente su existencia. Sin embargo, su biografía trasciende ampliamente este fenómeno, al estar colmada de acontecimientos extraordinarios que merecen ser recordados y estudiados por los fieles.
Nacido en 1603 y fallecido en 1663, este fraile franciscano es reconocido en la actualidad como el patrono de los estudiantes, especialmente de aquellos que enfrentan dificultades académicas. A lo largo de su caminar terreno, fue favorecido con numerosos portentos, los cuales siempre atribuyó con profunda humildad a la intercesión de la Santísima Virgen María. Coincidiendo con la festividad litúrgica que la Iglesia Católica conmemora cada 18 de septiembre, resulta oportuno repasar siete aspectos verdaderamente asombrosos que caracterizaron su vida espiritual.
El fenómeno de la levitación en su vida cotidiana
La vida del religioso estuvo fuertemente marcada por profundos éxtasis místicos que lo desconectaban de la realidad terrenal. Tanto sus compañeros de orden como los fieles que acudían a presenciar sus oraciones fueron testigos presenciales de sus constantes episodios de elevación corporal en distintas circunstancias.
Entre los episodios más recordados destaca aquel en el que los frailes lo observaron elevarse por los aires hasta alcanzar una estatua de la Virgen situada a tres metros y medio de altura para besar tiernamente al Niño Jesús. Asimismo, la tradición narra que en una ocasión en la que un grupo de diez obreros luchaba sin éxito para transportar una cruz de gran peso hacia lo alto de una montaña, Fray José se elevó portando el madero y lo depositó directamente en la cima.
Exorcismos realizados bajo el principio de la obediencia
A pesar de la reticencia del propio fraile, quien se consideraba completamente indigno de tal encomienda, sus superiores decidieron asignarle la delicada tarea de liberar a personas afligidas por influencias demoníacas. Lejos de apelar a fórmulas de poder personal, el místico empleaba una frase muy particular para cumplir con este cometido: “Sal de esta persona si lo deseas, y no lo hagas por mí, sino por la obediencia que le debo a mis superiores”. Ante estas palabras, las fuerzas oscuras abandonaban de inmediato a los afectados.
El don de la bilocación y el tránsito de su madre
La ubicuidad, entendida como la capacidad de encontrarse en dos coordenadas geográficas diferentes de manera simultánea, también formó parte de su experiencia mística. Mientras residía en Asís, su progenitora atravesaba sus últimos momentos de vida en su localidad natal, Cupertino.
Testigos de la época relataron cómo el fraile ingresó rodeado de una intensa luz a la habitación donde agonizaba su madre, acompañándola en su partida hacia la eternidad. Poco después, al ser interrogado en Asís por sus superiores acerca de la causa de su profundo llanto, el santo respondió que su madre acababa de fallecer, un testimonio que posteriormente fue corroborado por numerosas personas presentes en el lugar de los hechos.
Sanaciones milagrosas a través de la cruz
La fama de sus dones curativos trascendió los muros del convento. Un episodio emblemático involucró a un hombre de actitud soberbia que se acercó para increparlo duramente con las siguientes palabras: “Impío, hipócrita, no por ti, sino por el hábito de religioso que llevas tengo que respetarte. Yo creería en todo lo que haces si con la señal de la cruz sobre mi llaga me sanas”.
Lejos de responder con ofensa, el religioso aceptó la petición con absoluta sencillez y trazó el signo sagrado sobre la herida, logrando la sanación instantánea del individuo. Milagros similares se registraron al restaurar la vista a personas ciegas utilizando únicamente su capa, al devolver la movilidad a quienes padecían limitaciones físicas mediante la contemplación de un crucifijo, y al sanar fiebres elevadas con una simple bendición.
Lector de conciencias y conversiones notables
El discernimiento espiritual del fraile alcanzó a personalidades de la nobleza europea. Durante una Eucaristía celebrada en Asís, el príncipe luterano John Federick, de 25 años, acudió al templo acompañado de dos escoltas. En el momento de la fracción del pan eucarístico, el sacerdote experimentó una dureza inusual en la Hostia Consagrada, acompañada de un llanto desconsolado y una levitación de casi un metro de altura.
Al día siguiente, durante otra celebración litúrgica presidida por el religioso, la cruz impresa en la Sagrada Hostia adquirió un tono negruzco, lo que provocó una nueva elevación mística de unos 15 minutos. Este profundo acontecimiento espiritual conmovió de tal manera al príncipe y a su acompañante que ambos tomaron la decisión formal de convertirse a la fe católica.
Comunión armónica con la naturaleza
La dimensión contemplativa del santo se reflejaba también en su relación singular con el entorno natural. Durante sus momentos de oración en los campos abiertos, era habitual que rebaños de ovejas se congregaran pacientemente a su alrededor para escucharle. Del mismo modo, bandadas de golondrinas solían sobrevolar su cabeza y acompañarlo durante largos trayectos por los caminos.
Profecías sobre el pontificado
La autenticidad de sus éxtasis llevó a que el Papa Urbano VIII solicitara su comparecencia en Roma para constatar los hechos de primera mano. Ante la presencia del Pontífice, el fraile experimentó una nueva elevación corporal. Además de impresionar a la máxima autoridad de la Iglesia, el místico anticipó con precisión la fecha y el horario exactos del fallecimiento tanto de Urbano VIII como de su sucesor, Inocencio X.








