El Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, concluyó recientemente una trascendental visita a Malta, marcando una doble conmemoración: el aniversario del naufragio de San Pablo en la isla mediterránea y las seis décadas de relaciones diplomáticas ininterrumpidas entre la República de Malta y la Santa Sede. Este viaje subrayó la profunda conexión histórica y espiritual que une al archipiélago con la fe cristiana, así como la sólida trayectoria de cooperación entre el Estado maltés y el Vaticano.
La visita, cargada de simbolismo, se centró en la figura de San Pablo, cuyo arribo fortuito a las costas maltesas, narrado en los Hechos de los Apóstoles, es un pilar fundamental de la identidad nacional y religiosa de la isla. Aproximadamente en el año 60 d.C., la embarcación que transportaba al apóstol hacia Roma, donde sería juzgado, naufragó en medio de una violenta tempestad. Tras la catástrofe marítima, Pablo y los demás supervivientes encontraron refugio en el archipiélago, permaneciendo allí cerca de tres meses. Durante este periodo, el Apóstol de los Gentiles no solo predicó el Evangelio, sino que también administró bautismos y realizó curaciones milagrosas, sentando las bases de la fe cristiana en Malta y estableciéndose como su patrono.
Esta efeméride se celebra anualmente cada 1 de febrero en La Valeta, la capital maltesa, donde el Cardenal Parolin presidió una emotiva Eucaristía en la Co-catedral de San Juan. En su homilía, el alto prelado vaticano hizo hincapié en que la historia del naufragio de San Pablo constituye “una narración profundamente evangélica sobre la confianza, la responsabilidad y la relación”, especialmente significativa en “momentos de peligro e incertidumbre”. El mensaje del Cardenal Parolin resonó con la experiencia contemporánea, recordando a los fieles la perdurable relevancia de la fe ante la adversidad.
El Secretario de Estado profundizó en la figura de San Pablo, destacando su capacidad para infundir calma en medio de la tormenta, transmitiendo una convicción aún más poderosa: “ninguna vida se perderá, porque Dios es fiel”. Esta afirmación, según el dignatario vaticano, revela que la verdadera autoridad de San Pablo emanaba “de su relación con Dios y de su profundo sentido de responsabilidad hacia los demás”. Pese a su condición de prisionero, el apóstol se erigió en guía, y en su vulnerabilidad, se convirtió en una inagotable fuente de fortaleza y esperanza para sus compañeros de viaje. En este sentido, el Cardenal Parolin recalcó que la auténtica autoridad, ya sea de índole espiritual, pastoral o diplomática, no surge del control, sino de la fiabilidad; no de la imposición de soluciones, sino de la perseverancia en la fidelidad durante las pruebas.
Asimismo, el Cardenal Parolin hizo un reconocimiento especial a la “hospitalidad poco común” que los malteses demostraron hacia los náufragos, un gesto que, según sus palabras, moldeó el carácter de la nación. “El primer acto cristiano en suelo maltés es la hospitalidad”, afirmó el purpurado, recordando cómo San Pablo llegó a la isla como un extranjero y partió como el padre de su fe. Este acto de acogida inicial se ha convertido en un emblema de la identidad maltesa y un llamado perenne a la solidaridad.
Extrapolando la travesía de San Pablo al contexto actual, el Secretario de Estado vaticano señaló que el mismo mar que llevó al apóstol a Malta es el que “pueblos y naciones siguen navegando hoy”, inmersos en conflictos bélicos, desplazamientos masivos, fragmentación social y la incertidumbre del futuro. En este panorama global, el Cardenal Parolin insistió en que la vocación primordial de la Iglesia es precisamente ejercer esta misma hospitalidad y acogida. Si bien la Santa Sede “no pretende calmar todas las tormentas”, su misión es “buscar, con humildad y perseverancia, mantener viva la convicción de que nadie debe perderse, de que la paz es posible y de que el diálogo nunca es en vano”.
La segunda parte fundamental de su visita se dedicó a conmemorar el 60º aniversario de las relaciones diplomáticas entre Malta y la Santa Sede. El Cardenal Parolin reflexionó sobre esta fructífera alianza, destacando que ha demostrado cómo “Iglesia y Estado, cuando cada uno respeta la autonomía del otro, pueden cooperar eficazmente por el bien común”. Para que esta colaboración sea exitosa, enfatizó la necesidad de proceder con “humildad, claridad y perseverancia”, principios que han guiado las interacciones bilaterales a lo largo de seis décadas.
El dignatario vaticano rememoró los diversos acuerdos firmados entre la República de Malta y la Santa Sede, abarcando áreas cruciales como la educación, el matrimonio, los bienes eclesiásticos y la formación. Estos acuerdos, según el Cardenal Parolin, deben ser entendidos no como “meros instrumentos jurídicos”, sino como “signos de una confianza construida pacientemente, expresiones de un deseo compartido de servir a la sociedad sin confusión de responsabilidades”. Esta perspectiva subraya que las relaciones entre la Iglesia y el Estado, lejos de ser conflictivas o excesivamente clericales, pueden ser profundamente dialogantes, realistas y orientadas al servicio conjunto de la sociedad maltesa.
La visita del Cardenal Parolin a Malta, por tanto, no solo celebró un pasado glorioso arraigado en la fe y la diplomacia, sino que también proyectó un mensaje de esperanza y compromiso hacia el futuro, reafirmando los valores de acogida, diálogo y cooperación en un mundo en constante cambio.






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